lunes, 16 de octubre de 2017 | By: Abril

Dicen que murió mi padre. Yo sólo sé que estuvo vivo

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Hoy murió mi padre.
A medio mundo de distancia, en este costado de mí donde se pudre todo lo que no le dije.
Cuando yo era un nene, esperaba que él fuera un superhéroe.
Y no supe ver que lo era, que lo siguió siendo cada día de esos 86 años que se acabaron anoche, aunque todos esperábamos a pie de página ese "te be continued" al que tanto nos acostumbró.
Deja detrás una familia frondosa, en la que su huella permanecerá, no como signo de propiedad, si no como las marcas del amor, invisibles y evidentes.
La última vez que lo vi en persona, hace unos meses, acababa de salir, casi intacto como casi siempre, de uno de esos valses que bailaba con la muerte.
Me fui sabiendo que una noche él no podría parar de bailar antes del final del disco.
La muerte también lo sabía, pero volvía desde hacía años a pedirle un baile más, a dejarlo ir para que regresara otra noche a decirle al oído esas cosas que les dicen los poetas a la muerte.
Al otro lado del mundo, un certificado médico dice que el baile de mi viejo se acabó.
Los certificados no tienen ni puta idea, son todo lo contrario de un poema.
Te quiero, viejo.
Te quise siempre, como eras.
Te lo dije poco.
Porque vos sabías que yo sabía que sabías.
Y en ese juego de palabras me perdí un montón de abrazos.
Aprendí a no extrañarte para que esta distancia de medio mundo no me hiciera daño cuando este momento llegara.
Ahora tengo que aprender a extrañarte cada uno
de los días que me queden.
Nunca te dediqué un libro en particular, porque te los dedicaba todos.
Me hice escritor para cumplir tu sueño, en lugar de ayudarte a  cumplirlo.
Ahora no puedo dejar de serlo.
No puedo ordenar a mis palabras que dejen de llorar.
Soy tu sombra.
Antes de irte, dejaste el sol encendido, para volverme nítido.
Y aquí sigo, mirando al sol a los ojos, como si fuera ese Dios en el que creías, esperando una explicación que no podría darme aunque existiera.
Te llamabas Lázaro, por eso cada vez que te morías volvías a nacer.
A lo mejor esta vez alguien escribió mal tu nombre, ignorando que las palabras son la vida.
Me quedo acá, más vivo que nunca, porque se reparte entre todos los tuyos esa vida que te salía por los cuatro costados.
Más vivo.
Más solo.
Chau,viejo.
Nos vemos en los espejos

(Carlos Salem, del blog.)
sábado, 7 de octubre de 2017 | By: Abril

Nunca quise marcharme, pero tampoco me diste motivos para quedarme

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Me obligaste a aprender a nunca más volver. Yo no quería irme, pero no tenía motivos para quedarme. Bueno sí, tenía uno: lo bonita que podía haber sido nuestra historia.
Te tenía a ti pero ya solo podía conjugarte en pasado.
No te imaginas lo pronto que se hace demasiado tarde.
Sin embargo, sí que tenía cientos de motivos para marcharme. Y es que pudiendo evitarme momentos de sufrimiento, de llanto y de espera, no lo hiciste. Entonces recordé que las noches que pasaba mirando nuestro reloj eran mi fuerza para despedirme.
Cuando decidí marcharme y no volver me sentí como en aquella historia en la que el príncipe espera a la princesa durante 365 días y la última noche se va. Hay momentos en los que te das cuenta de que el amor se construye evitando sufrimientos innecesarios.
A veces ocurren estas cosas, de repente decides dejar de negar la evidencia de que algo va mal e intentas irte, aunque no sabes hacerlo y te sientes ridículo al correr en otra dirección.
Vas en contra de la marea. No te quieres conformar. Y es que te has percatado de que tu corazón, ese que bombea sangre a todo tu cuerpo, está riñendo con tu mente y con tu cerebro.
Quizás nuestra relación se enfermó, o quizás ya nació enferma. Lo que sé es que creer en el amor eterno es creer en un mito que nos despedaza el corazón. La eternidad solo existe en los momentos que nos demuestran que todo merece la pena.

Se trata de cambiar de pensamiento, de no creer ciegamente en los cuentos de hadas, en tomar conciencia de que valemos mucho más que las migajas de un amor que nos destruye. No hay nada incuestionable ni nada inquebrantable, no hay nada que sea tan inmenso que vaya más allá de nosotros mismos.

Tenemos la manía de encerrarnos en círculos viciosos, de no salirnos de los patrones establecidos, de crear un mundo paralelo en el que podemos ir con los ojos vendados.

Es tan corto el amor y tan largo el olvido…

De todas maneras, GRACIAS. Gracias porque me he dado cuenta de que nadie se enamora por elección, sino por casualidad. Nadie se queda enamorado por casualidad, sino porque trabaja por ello. Y nadie se desenamora por casualidad, sino por elección.

También te agradezco que me hicieses entender que mi dignidad está por encima de cualquier ruego y que vale la pena decir adiós cuando sobran los motivos.

Ni siquiera sabía que podía permitirme dar un giro de 180º a mi vida y librarme de ti. Ahora que conseguí aceptarlo y no enfadarme con el amor, tengo que pelear por superarlo, por entender que el amor también puede ser miserable y que podían empujarme contra el suelo.

Te agradezco que un día decidieras que no merecía la pena seguir mitigando mi dolor. Te agradezco que me dejaras las noches en vela llorando y esperando una respuesta. Te agradezco que hubiera vacíos tan repletos de angustia que me hiciesen pensar que no vale la pena tener algo por lo que no se pelea.

Solo está derrotado aquel que deja de sentir y de soñar…Y yo ahora estoy en plena efervescencia. Aunque aún temo mis propias emociones, conservo la capacidad de mitigar mi dolor, de llorar y de dedicarme tiempo a mí misma.

Porque el primer amor que merecerá la pena será aquel que merezca la alegría. Y tú y yo no estábamos destinados a entender que el único sentido de la vida tenía que ser el que nosotros quisiéramos darle.

PD: Tu pasado envenenó nuestro presente y ahora que estás intentándolo nuevamente, aunque pareciera no tener futuro, buena suerte.

(Del blog: Rincón del Tíbet)