domingo, 17 de septiembre de 2017 | By: Abril

Humedades

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Hola, chico insomne.

Tengo que contarte algo y mejor si lees esto cuando no tengas otras lectura a mano.

Espero que mi libro del erizo elegante siga siendo tu favorito.

No deseo que vuelvas porque te cuente esto; no quiero que vengas a mí porque me tengas lástima o te remuerda la conciencia. Pero me parece importante que sepas que me quedé rota cuando te fuiste.

Me reduje a polvo en cuanto te marchaste. Como incinerada. Si alguien soplara sobre mi cabeza mis cenizas formarían una curiosa nube de polvo en suspensión.

Sí, se me paralizó el corazón, se detuvo mi respiración y empecé a dejar de ser yo a desintegrarme extrañamente. Sólo quería estar en la cama, acurrucada y sin escuchar a nadie.

Pero no te preocupes, porque estar rota no es del todo malo ¿sabes? Es sólo que a veces llueve.

Y las personas normalmente son impermeables, pero a mí la lluvia me hace goteras y entonces, cuando llueve mucho, se inunda todo lo que hago.

Me sale el agua por todos los agujeros que me causó tu partida y me convierto en una fuente humana.

Desde fuera debe de ser algo muy vistoso, pero desde dentro se vive con dolor y con miedo a no volver a ser la de antes.   

Claro que no todo es malo.

Por las mañanas cuando amanece el sol atraviesa mis grietas y ocurre algo mágico: sale luz por todas mis cicatrices. Me convierto en una lámpara humana, como esas árabes que llevan una vela dentro. La proyección de la luz en ese momento es tan bonita que parezco no tener un solo rasguño y me veo perfecta.

Perfecta y entera.

Sin embargo ya está llegando el otoño y su lluvia.

Y con él de nuevo: tus recuerdos y mis humedades.

(N.R.H:)
lunes, 28 de agosto de 2017 | By: Abril

Helados que tapan vacíos

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Me parece mentira estar aquí sentada dedicándote de nuevo mi tiempo y mis palabras, a pesar de que todo quedó claro entre nosotros tras la despedida de un martes cualquiera.

Recuerdo aquel día: un 17 de octubre. Era una tarde preciosa de otoño. Acordamos que debíamos estar a la altura de las circunstancias. Fuimos demasiado civilizados cuando consensuamos un pacto verbal de no agresión. Nada de lágrimas, nada de reproches y el intercambio obsceno de frases elogiando al otro, como quien hace un homenaje a alguien que se ha muerto o está a punto de hacerlo…nuestro amor estaba moribundo.

Todo el dolor contenido lo guardé en el lado oscuro de mi corazón y allí permanece sellado en una tinaja de bronce para que no se me desboque y me arrastre a buscarte de nuevo.
Pero…me engaño: no puedo respirar o no quiero hacerlo sabiendo que ya no te veré, que ya no estás… ¡Qué dolor!. Justo, en el momento en que rompimos empecé a quererte como nunca antes lo había hecho. Como en aquella película de Isabel Coixet donde el novio deja a la chica por teléfono, desde el ángulo opuesto del mundo porque se ha enamorado de otra y ella graba aquel vídeo en una escena sublime de dramatismo puro, con esas frases tan arrebatadas que le dedica y a la que yo tantas veces hacía referencia:

“Qué difícil…Pero me parece que aún es más difícil quedármelo para mí sola. Supongo que por eso lo hago.

…Tú siempre me preguntabas en qué momento había empezado a quererte. Empecé a quererte exactamente cuando me llamaste para decir que me dejabas. De hecho fue en ese preciso momento cuando olvidé el amor que sentía antes, me olvidé de la ternura y del sexo, de tu lengua, me di cuenta de que lo que había sentido antes no era más que el simple reflejo de lo que era el amor. Descubrí que no te había querido nunca.

De repente pensé en aquella torturaba que practicaban en Francia. ¿Sabes qué hacían? Ataban las extremidades de una persona a cuatro caballos y los azuzaban en direcciones diferentes. Pues así es cómo me sentí. Así es cómo me siento. Ahora ya sé lo que es amar. Te amo con esa clase de amor que había rezado por sentir cuando era una adolescente y que ahora rezo por no volver a sentir nunca más.”

Visualizo una y mil veces la escena y empiezo a verme reflejada en el personaje de Lili Taylor, llorando y buscando desesperadamente un helado que se ha agotado para llenar el vacío que siente y que refleja el abandono y el dolor más absoluto que provoca éste.

El primer chico con el que me sentí así, y fue también cuando me dejó, vino conmigo días antes de la ruptura a ver esta película al cine. No le gustó. A mí me encantó y con ella empezó mi devoción por el cine de Coixet. Días más tarde, el papel de Ann lo estaba haciendo yo en la vida real. Esa fue la primera vez que sentí eso que llamamos amor verdadero.Con los años vinieron otros tantos y por último tú.
...Ha pasado el tiempo, esa película tiene ya veinte años, pero yo sigo siendo Ann y tú ahora eres Don, y siento un hueco enorme en el centro del estómago y - ¡maldita sea!- la dependienta me acaba de decir que se le ha agotado el helado de chocolate.
(N.R.H.)
 
sábado, 15 de julio de 2017 | By: Abril

Enamorarse y otras torpezas

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¿Cuántas veces caeré en el mismo charco? Es que no escarmiento, ¡joder!. No quiero querer, no quiero enamorarme, no quiero dejar de ser yo para convertirme en la sombra de otro; ni estar pendiente de sus horarios, ¡que parezco una agenda humana!…investigando lo que hace, a qué hora sale de casa por las mañanas, a qué hora se toma el descanso para desayunar, a qué hora toma el snack… a qué hora queda con los amigos de los viernes. ¡El maldito grupo de los viernes! No pudiste ni un solo viernes cancelar el almuerzo con ellos para quedar conmigo… ni los viernes, ni cualquier estúpido domingo. No, nunca tuvimos ni un domingo en ocho años. Lo que hubiera dado por verte sólo un odioso domingo y pasear contigo por el centro, una tarde cualquiera de domingo (o de viernes), un maldito y estúpido viernes o un domingo de cualquiera de esos ocho años que pasamos simulando que el amor y la vida eran eso: dejar pasar el tiempo y esconderse y fingir. Fingir a mediodía de un martes o de un miércoles - pero nunca de un maldito viernes ni un estúpido domingo- que nos amábamos de la mejor forma que teníamos, huyendo de lo convencional.

Te quería los viernes, y los domingos también, pero nunca compartiste uno conmigo. Antes que yo, que era la última de la fila de tus prioridades, estaban todos los demás incluidos: tus hijos, tus jefes, tus reuniones, tus amigos y el puñetero grupito de los viernes con el que, por lo que me decías, tenías poco en común. Sé que te atraía la extraña idea de pertenecer a un grupo de pseudointelectualoides  manidos  que, intentando formar algo parecido a la tertulia del Café Gijón, eran una mezcla entre el reparto de “Les Luthiers” y “The big-bang theory”. Pues que te aproveche. No te pediré ni un jodido viernes más.

Que sepas que serás el último hombre al que ame, el último al que he entregado mi corazón y que lo ha pisoteado en mis narices. Porque seguro que sigues haciendo tu vida como si yo no hubiera existido, como si todo hubiese sido un invento mío … ¡te odio!.  A ti y a los gilipuertas de tu patético grupo de los viernes.

Adiós para siempre: tertuliano de pacotilla. Y deja de meter tripa cuando respiras. Y no vuelvas a negarme que te pintas el pelo. Cheposo cuellicorto. No sé qué pude ver en ti.  Ah… Y que sepas que soy feliz porque por fin podré salir a la calle de nuevo con tacones.

(Thalia)     
miércoles, 5 de julio de 2017 | By: Abril

Trozos

"Habrá un amor tan fuerte en tu vida que te destruirá por completo. Después sólo amarás por trozos" (Benjamin Griss)

Hace tiempo que no te pienso. Tengo tu recuerdo atado a una cadena enorme en el fondo de mi memoria. Sin embargo, a veces, flaqueo y me quedo insulsamente pensando en ti y en lo que fuimos una vez: dos personas que se amaron mucho y que tuvieron que romper por circunstancias de la vida.
A veces, como hoy, me permito un desliz. Me dejo llevar por el lado oscuro de mi corazón y te hago presente. Saco tu cadáver del armario de mi pasado y te cuento imaginariamente cómo me siento. Estoy mejor. Ya mucho más recuperada de nuestro tormentoso final. Guardaba para ti tantos momentos…tantas palabras de perdón, de ira, de desesperación, de preguntas…me dejaste con tantas dudas… con tantas exclamaciones… con tantos interrogantes… y ya ves: ahora no consigo recordar nada de lo que quería preguntarte ni gritarte. Me dan igual los cómo y los por qués. No tengo nada que echarte en cara. Simplemente uno de los dos amó más al otro. Sigo pensando que fui yo, aunque te enfades cuando lo digo. El amor no tiene dimensiones: ni volumen, ni peso. ni lados, ni entiende de raíces cuadradas… no se puede medir o… sí, pero eso ya no importa. Quiero creer que tus palabras eran sinceras y que me amaste de la mejor forma que sabías y con todo lo que podías amarme. Por eso no guardo rencores, ni reproches, ni dolor… bueno sí, dolor sí, un poco. Menos que antes, pero para ser sincera aún me dueles.  
Imaginaba –tonta de mí- un final feliz contigo. Una vida real llena de instantes bonitos y sin embargo todo se quedó en un instante lleno de vidas virtuales que acabó convirtiéndose en humo.
Hace poco más de un mes, en un arrebato de debilidad, me permití la licencia de hacerte una señal con cualquier excusa. Mis motivos eran pueriles, pero creí entonces que merecía la pena quemar un último cartucho. Tú me contestaste, en un tono gélido, como quien habla del tiempo de forma incómoda en el ascensor con un vecino con quien no tiene relación alguna. -Soy yo-pensé para mí- ¿tanto he cambiado que me tratas como al repartidor de pizzas? Supongo que ya has pasado página y que ya no estoy entre tus pensamientos recurrentes como antes. Tendré que hacerme a la idea de que no estás y de que ya nunca más vas a estar. No debería y sin embargo, a veces, como esta noche me da por pensarte y entonces rompes todos mis esquemas, echas por tierra mi actitud de persona madura y civilizada que puede  seguir con su vida tras una ruptura sentimental y entras en  mis rutinas colándote como el viento.
...Y entonces ocurre que me sobreviene la lluvia a los ojos y te pienso, y pienso que aún una parte de mí te quiere y quiere que vuelvas…porque te echa de menos.

N.R.H.
sábado, 6 de mayo de 2017 | By: Abril

Amén


 
Acabo de caer en la tentación de recordarte… y mira ¿eh?,  que ya te tenía olvidado, pero vuelves siempre y no sé cómo lo haces. Ya no estabas y de repente apareciste de nuevo, con tus gestos de niño malcriado, con tu mirada inocente, con tu dolor crónico y tu cinismo ambiguo... Siempre te querré, tal como fuimos. Yo me hice a tu lado, a tu imagen y semejanza, por eso ahora  -sin ti- ya no me reconozco.
Ya no estás y hace mucho tiempo que lo dejamos. O eso me parece a mí, que hace mucho, mucho tiempo. Pero es que estás ahí. Sigues ahí, haciéndome daño en la memoria. Y no puedo -y no sé si de verdad quiero- borrarte de mi recuerdo.  
Espero que algún día ames a alguien como yo te amo ahora, para que te pongas en mi piel y veas que mendigar el amor no es de mediocres, como me decías, sino de amantes sinceros, de esos que como yo, aman con el alma y se dejan los huesos en el intento.
No puedo dejar de pensarte. Mírame, escribiéndote ahora, que ya se suponía que eras mi pasado. Mírame, ni siquiera soy digna de tu lástima, aunque me gusta pensar, con el poco amor propio que me queda, que tú tampoco me has olvidado. Por eso confío en que tarde o temprano volverás a buscarme.
Te debo lo mejor y lo peor de mi vida. Contigo fui yo misma, yo sincera y entregada. Sin ti ya no sé ni en quién me he convertido; tan sólo escribo poco, tarde y mal lo que no me atrevo a decirte a la cara: que te echo de menos, que no te he olvidado, que te quiero todavía, que me dueles, que te amo… ¿por qué no reconocerlo?
¿Qué más da? Estás lejos. No me oyes. No me sientes. No te acuerdas… No te creo.
Por eso y más: no me dejes caer en la tentación de volver a nombrarte y líbrame de tu recuerdo.

(N.R.H.)
miércoles, 22 de febrero de 2017 | By: Abril

Rafa

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Rafa:

Después de tanta meditadera, que sirva esta carta desgraciada para ponerle punto final a este amor sin esperanzas, porque hoy ya sé que no las habrá jamás. Maldito cibermundo que me volvió trizas la existencia. Porque gracias a la computadora de Albertico, mi hijo de quince, fue que me desgracié la vida. En mala hora anda una haciéndole caso a los muchachos, dizque para parecer moderna. Moderna es la lloradera que cargo ahora. Y todo por culpa del dichoso feisbuc. Me iba todos los días más temprano al trabajo para tener tiempito extra en mi oficina antes de que empezara el ajetreo. Entonces prendía la diabólica máquina y me entregaba sin freno: estaba obsesionada con aquella cosa. Y no porque pudiera mandarle tres birras a Tulio, mi marido, y conseguir que al fin me escribiera algo amable. Nada de eso. La fiebre empezó cuando te encontré, Rafa. Mi amor perdido. Mi pasión juvenil! Mi deseo aún latente. El renacer de mi interés por ese juguetito informático fue como un cataclismo, cuando la enviadera de ositos a mi hija de doce, los croissants a la suegra y los hugs a la tía Dorita ya me tenían podrida. Un mensajito de mi comadre Luisa me había vuelto a la vida.. “Tengo a Rafa Vergara en mi feisbuc” me había escrito. Boom. Sólo ella, el sucio de esta uña desde  tiempos inmemoriales, sabía que esa frase me iba a sacar de órbita. Entonces fui a su perfil a entrepitearle los amigos y allí estabas tú. Mi amor de siempre.

Busqué una lupa y me regodeé en aquella fotito minúscula que me revolvió los adentros. No me importaron ni tus canas ni tus kilos. No me importó tampoco el por qué me habías dejado. Me importó – y mucho- el recuerdo de tantos recuerdos inolvidables. Tu viejo Chevy, mis rizos rebeldes, la Panamericana. Todo estaba ahí plasmado en aquella imagen. Desde entonces, se apoderó de mí una energía sin precedentes. De purito agradecimiento le mandé a la comadrita unas cholas Manolo Blatnik y dos arepas dominó. Luego cambié la foto horrible de mi perfil por aquella de mi luna de miel en Margarita., donde aún lucía delgada y bonita. Claro que tuve que cortar a Tulio y al vendedor de ostras, ni más faltaba. Oculté mi status de casada, bloqueé las fotos de mis hijos y eliminé de mi muro aquellos ridículos mensajitos de mi marido, siempre de lambucio preguntando que había para la cena. Quería sentirme libre para ti. Ya luego me ocuparía de las excusas para tanto cambio. Seguidamente procedía  crear un grupo “Excompañeros ucevistas” para meterte ahí junto con los panas del pasado y no exponerme al “quién es ese” de los muchachos. Sólo quedaba una última cosa y gracias al guai-fai me metí en el garaje a agregarte como amigo. Temblaba como una hojita. “Espero que te acuerdes de mi”, te escribí. Carajo, como si fuera posible olvidar tanto fuego en aquella relación de otrora. Los días pasaban y no me aceptabas y cuando ya estaba a punto de volverme esclava del Prozac apareciste en mi muro. Un simple “cómo te va” que puso mi mundo patas arriba. Desde entonces mi locura no me dio tregua: usando la mensajería privada te inundé de chocolates savoy, playas de Morrocoy y una que otra cachapa. Tú me lo agradeciste todo con palabras hermosas y un par de Martinis. Aún se me aguan los ojos cuando pienso en aquel arbolito navideño tan hermoso donde me tagueaste junto a mil personas más. ¿Qué importaba? Sabía que me lo dedicabas enteramente a mí. Entonces tagueé de vuelta: aquella foto viejísima en el Estadio Olímpico junto al equipo de fútbol donde apenas te distinguías entre tanta tomusa y tanto bigote. Y yo detrás abrazándote muy fuerte, pero tan borrosa que nadie me nota. No la recordabas, ¿verdad? Pues la he guardado con mucho celo todos estos años. “¿Y para qué?, me digo. Craso error fue publicar la dichosa foto. Porque te asustó mi amor, Rafa Vergara. Y arrugaste. Vil y cobardemente no volviste a escribirme, después de todo lo que hice por ti. De nada sirvieron los mil boleros que te envié, los tequeños, los cafés, los muñequitos de “Amor es…” Tu silencio me hirió de muerte. Hasta que la cuaima de tu mujer me escribió en aquél muro público el más despreciable de los epítetos “robamaridos”. Y todos lo vieron. Mis amigos, mi marido, mis muchachos. Sin embargo el escarnio público no fue tan devastador como darme cuenta que un hombre que le entrega la contraseña a su mujer es un patético pendejo. Y a este Rafa no lo quiero ni en pintura. No, señor. Me quedo con el otro tú el del viejo Chevy y las canciones de Yordano, aún sabiendo que más nunca volverás. Así que aquí me despido, te borro de un click de mis contactos, no sin antes advertirte que mi marido creó un evento para divorciarnos y seguro te envía una invitación sólo para fregarme la vida. No vayas a aceptar, por favor, y mucho menos hacerte fan. Guárdate un poco de decencia  y no me amargues el bello recuerdo que he tenido de ti todos estos años.

Hasta nunca

YO

(Rosa Acevedo)

Deberías haberte muerto


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Deberías haberte muerto. La gente no debería tener otra forma de irse que morirse, porque cuando alguien se muere se lleva toda la esperanza, todos los sueños y los recuerdos se purifican, como si el acto mismo de abandonar este mundo fuese parte de una santificación.
En cambio, te has ido de la forma más cruel que existe: dejando de ser la persona que conocía. Irse así lo deja a uno desarmado porque no existen causales de divorcio que especifiquen que uno puede dejar de amar a alguien porque le cambió la mirada y ahora le importa más el sexo aventurero que los domingos por la mañana.
Es un descaro. Si lo piensas bien, morirte habría sido tan elegante, para ti y para mí. Yo podría guardarte luto por tiempo indefinido y nadie andaría apurándome para que siga adelante. Mis amigos comprenderían que no pueda dejar de pensarte y no te tendrían rabia. ¿Comprendes que distinto sería a verte con la sonrisita ridícula de conquistador de barrio y esas ropas que no te sientan bien? Sería muy diferente, querido.
Otra gran ventaja es que los muertos no hablan y las palabras que nunca dijeron se recuerdan en tono solemne, investidas de un tono de sabiduría y unicidad.Como si nunca jamás un mejor ser humano hubiese pisado la tierra. El duelo es generoso. Los que se quedan vivos dejando de ser quiénes eran, se convierten en una caricatura triste a la sombra de sí mismos. Es como si el castigo por marcharse fuese perder el don de lenguas y sólo pudiesen decir pendejadas sin sentido.
Además andar por ahí vivo es invasivo, porque le roban a uno sus lugares favoritos. Uno pierde el placer de irse a desayunar en el restaurante de siempre o de andar en el parque. Pasamos a ser eternos perseguidos que no sabemos caminar sin mirar sobre el hombro, ni sin ver en todo mundo al que se fue.
Realmente tu forma de irte es bastante inconveniente, para los dos. Si en este punto ya has comprendido lo perentorio que era morirte, no vayas a morirte ahora porque seguro lo harías de una forma ridícula, para morirse hay que tener sentido de la oportunidad y bien que te falta.
Si algo te queda de vergüenza, por lo menos dedícate a ser miserable y vete desapareciendo. No hagas como el recuerdo tuyo que no sabe sino mejorar cada día.
Muérete por lo menos en sentido figurado para que yo encuentre alguna forma de seguir viviendo.

(Mariana Gámez)