sábado, 4 de noviembre de 2017 | By: Abril

La mujer invisible

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Hola
Contigo nunca he dejado de intentar lo imposible, a sabiendas de creer que era del todo improbable volver a tener aquello que fuimos. Entre aquel tú y este yo hay un inmenso abismo. Yo te he llorado como si hubieses muerto y en cambio tú me has olvidado como si nunca hubiera existido.
Y aunque lo sé vuelvo a caer en la inercia de llamarte. Y a la desesperada te hago una señal para llamar tu atención una vez más. Se me están acabando las ideas para crear escenarios pretendidamente casuales en los que encontrarme contigo. Tú me rehúyes y yo te persigo incesantemente. Pero ni tú eres la misma persona que quise tanto ni yo soy la chica que dejaste un día de octubre. Llovía aquella tarde sobre nuestras cabezas y sobre mi alma. Sentía que el agua mojaba mi pelo pero no quería moverme de tu lado. Y allí se quedó para siempre una parte de mí, que nunca regresó conmigo. Sigo siendo la chica de aquel jueves que vio cómo su último tren salía para la ciudad del olvido.
Tú continuaste con tu vida, como si nada. Tenías razón: olvidas pero no perdonas. Yo, precisamente aquel día en que la lluvia mojaba mi tristeza, pensaba que nunca me había muerto tantas veces en una sola tarde. Cada una de tus frases era un puñal en mi estómago. Estaba desgarrada, tocada y muerta y tú seguías hablando de lo importante que eran tu otra vida, tus amigos y tu trabajo. Todo era más importante que yo y me culpabas por no entenderlo. Por no entender ni aceptar que me había convertido en tu mujer invisible.
Siempre serás el hombre equivocado y yo la mujer imperfecta, pero fuimos y seremos tal para cual. Y sobrevivo con el dolor de haberte querido, el daño que me provoca seguir haciéndolo y la tristeza de saber por encima de todo que, pase lo que pase, y aunque sea invisible para ti, siempre estaré a tu lado.  

(N.H.R.)
jueves, 19 de octubre de 2017 | By: Abril Abril

¿Sabes una cosa?


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No me asusta ser la primera ni ser la última en tu vida. No me asusta tampoco que tú no seas el primero, porque ya me hayan roto antes el corazón... No me asusta nada ni nadie si sigues aquí, conmigo. Soy valiente entre tus sábanas blancas, y feliz en tus abrazos. Invencible cuando me dices que me quieres y un flan cuando pienso que puedo perderte.Soy perfecta en nuestros días imperfectos. Perfecta si hacemos del caos un arte y de esta clase de amor un estilo de vida.

Yo tampoco sé si seremos eternos, o si algún día tendremos que echarnos de menos de nuevo. Sólo sé que hoy nos hemos reencontrado para escribir un nuevo final a nuestra historia. El anterior quedó inconcluso y ambos nos moríamos de ganas por volver a ver al otro. Por eso aquel punto y final que escribimos es hoy unos puntos suspensivos.Porque sí, porque nosotros inventamos este cuento de hadas y rompemos las reglas a nuestro antojo.

Sin embargo, dure lo que dure esta historia, siempre merecerá la pena. Pase lo que pase. Porque nunca podré olvidar el día que tu sonrisa significó un "todo va bien", el día que me robaron el mejor mes de mi vida (y sin embargo desafié al Karma y me quedé a tu lado), el beso más bonito de mi vida dentro de una Tetera Azul, el sonido de tu guitarra después de hacer el amor, tu voz por encima de la música de fondo de nuestras tardes de chocolate y café, tus mensajes de madrugada, nuestros enfados (que no lo son tanto) pero  que construyeron un muro de naipes que hoy derribamos...

Estaría escribiendo días enteros, pero nunca llegaría a describir lo feliz que soy desde el 17 de octubre de hace 9 años. Con mis miedos y mis dudas, pero enamorada de ti hasta las trancas. Te quiero muchísimo. Debería decírtelo más. Ya sabes lo terca que soy... pero no lo olvides, ¿vale? No olvides que eres mi olor, mi canción y mi palabra favorita.

Y sí: me he vuelto a poner el traje de Wonderwoman para rescatarte.
Pero quédate a mi lado, sobre todo los días raros.
¿Promesa de dedo meñique? :)

Te quiero. Con olor a mandarinas y jazmín.

 (N.R.H.)

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lunes, 16 de octubre de 2017 | By: Abril

Dicen que murió mi padre. Yo sólo sé que estuvo vivo

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Hoy murió mi padre.
A medio mundo de distancia, en este costado de mí donde se pudre todo lo que no le dije.
Cuando yo era un nene, esperaba que él fuera un superhéroe.
Y no supe ver que lo era, que lo siguió siendo cada día de esos 86 años que se acabaron anoche, aunque todos esperábamos a pie de página ese "te be continued" al que tanto nos acostumbró.
Deja detrás una familia frondosa, en la que su huella permanecerá, no como signo de propiedad, si no como las marcas del amor, invisibles y evidentes.
La última vez que lo vi en persona, hace unos meses, acababa de salir, casi intacto como casi siempre, de uno de esos valses que bailaba con la muerte.
Me fui sabiendo que una noche él no podría parar de bailar antes del final del disco.
La muerte también lo sabía, pero volvía desde hacía años a pedirle un baile más, a dejarlo ir para que regresara otra noche a decirle al oído esas cosas que les dicen los poetas a la muerte.
Al otro lado del mundo, un certificado médico dice que el baile de mi viejo se acabó.
Los certificados no tienen ni puta idea, son todo lo contrario de un poema.
Te quiero, viejo.
Te quise siempre, como eras.
Te lo dije poco.
Porque vos sabías que yo sabía que sabías.
Y en ese juego de palabras me perdí un montón de abrazos.
Aprendí a no extrañarte para que esta distancia de medio mundo no me hiciera daño cuando este momento llegara.
Ahora tengo que aprender a extrañarte cada uno
de los días que me queden.
Nunca te dediqué un libro en particular, porque te los dedicaba todos.
Me hice escritor para cumplir tu sueño, en lugar de ayudarte a  cumplirlo.
Ahora no puedo dejar de serlo.
No puedo ordenar a mis palabras que dejen de llorar.
Soy tu sombra.
Antes de irte, dejaste el sol encendido, para volverme nítido.
Y aquí sigo, mirando al sol a los ojos, como si fuera ese Dios en el que creías, esperando una explicación que no podría darme aunque existiera.
Te llamabas Lázaro, por eso cada vez que te morías volvías a nacer.
A lo mejor esta vez alguien escribió mal tu nombre, ignorando que las palabras son la vida.
Me quedo acá, más vivo que nunca, porque se reparte entre todos los tuyos esa vida que te salía por los cuatro costados.
Más vivo.
Más solo.
Chau,viejo.
Nos vemos en los espejos

(Carlos Salem, del blog.)
sábado, 7 de octubre de 2017 | By: Abril

Nunca quise marcharme, pero tampoco me diste motivos para quedarme

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Me obligaste a aprender a nunca más volver. Yo no quería irme, pero no tenía motivos para quedarme. Bueno sí, tenía uno: lo bonita que podía haber sido nuestra historia.
Te tenía a ti pero ya solo podía conjugarte en pasado.
No te imaginas lo pronto que se hace demasiado tarde.
Sin embargo, sí que tenía cientos de motivos para marcharme. Y es que pudiendo evitarme momentos de sufrimiento, de llanto y de espera, no lo hiciste. Entonces recordé que las noches que pasaba mirando nuestro reloj eran mi fuerza para despedirme.
Cuando decidí marcharme y no volver me sentí como en aquella historia en la que el príncipe espera a la princesa durante 365 días y la última noche se va. Hay momentos en los que te das cuenta de que el amor se construye evitando sufrimientos innecesarios.
A veces ocurren estas cosas, de repente decides dejar de negar la evidencia de que algo va mal e intentas irte, aunque no sabes hacerlo y te sientes ridículo al correr en otra dirección.
Vas en contra de la marea. No te quieres conformar. Y es que te has percatado de que tu corazón, ese que bombea sangre a todo tu cuerpo, está riñendo con tu mente y con tu cerebro.
Quizás nuestra relación se enfermó, o quizás ya nació enferma. Lo que sé es que creer en el amor eterno es creer en un mito que nos despedaza el corazón. La eternidad solo existe en los momentos que nos demuestran que todo merece la pena.

Se trata de cambiar de pensamiento, de no creer ciegamente en los cuentos de hadas, en tomar conciencia de que valemos mucho más que las migajas de un amor que nos destruye. No hay nada incuestionable ni nada inquebrantable, no hay nada que sea tan inmenso que vaya más allá de nosotros mismos.

Tenemos la manía de encerrarnos en círculos viciosos, de no salirnos de los patrones establecidos, de crear un mundo paralelo en el que podemos ir con los ojos vendados.

Es tan corto el amor y tan largo el olvido…

De todas maneras, GRACIAS. Gracias porque me he dado cuenta de que nadie se enamora por elección, sino por casualidad. Nadie se queda enamorado por casualidad, sino porque trabaja por ello. Y nadie se desenamora por casualidad, sino por elección.

También te agradezco que me hicieses entender que mi dignidad está por encima de cualquier ruego y que vale la pena decir adiós cuando sobran los motivos.

Ni siquiera sabía que podía permitirme dar un giro de 180º a mi vida y librarme de ti. Ahora que conseguí aceptarlo y no enfadarme con el amor, tengo que pelear por superarlo, por entender que el amor también puede ser miserable y que podían empujarme contra el suelo.

Te agradezco que un día decidieras que no merecía la pena seguir mitigando mi dolor. Te agradezco que me dejaras las noches en vela llorando y esperando una respuesta. Te agradezco que hubiera vacíos tan repletos de angustia que me hiciesen pensar que no vale la pena tener algo por lo que no se pelea.

Solo está derrotado aquel que deja de sentir y de soñar…Y yo ahora estoy en plena efervescencia. Aunque aún temo mis propias emociones, conservo la capacidad de mitigar mi dolor, de llorar y de dedicarme tiempo a mí misma.

Porque el primer amor que merecerá la pena será aquel que merezca la alegría. Y tú y yo no estábamos destinados a entender que el único sentido de la vida tenía que ser el que nosotros quisiéramos darle.

PD: Tu pasado envenenó nuestro presente y ahora que estás intentándolo nuevamente, aunque pareciera no tener futuro, buena suerte.

(Del blog: Rincón del Tíbet)
sábado, 30 de septiembre de 2017 | By: Abril

Para Indy

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No quiero deshacer nada Ni la ropa, ni guardar las tazas, Ni recoger las migas de pan que dejé por descuido Ni el agua, ni la comida Ni sacar si quiera el ordenador de la mochila. No quiero hacer como que no ha ocurrido. Cuando metí mi ropa en la maleta iba a compartirla contigo Cuando metí los libros, iba a leer contigo Cuando metí el bikini, iba a atardecer contigo en Tarifa Cuando dejé las tazas en la cocina después del desayuno, era porque había prisa por irnos, Cuando guardé el bebedero era tu equipaje Y ahora, que vuelvo sin ti, Que la vida me deja sin ti No quiero que nada vuelva a su sitio Porque tú nunca volviste Y me escupe la rabia en la cara por tener que acostumbrarme a recordarte, maldita sea A verte por la casa, por el parque, Llenando el coche de pelos y despertándonos alguna que otra mañana a golpe de besos No quiero que nada vuelva a su sitio Porque tú no volviste Quiero volver a verte como aquel sábado, 4 de Julio Detrás, en el coche, mirando a través del espejo retrovisor Entrando en la casa repartiendo amor Oliéndolo todo y dejando tu generosidad en el aire... Buen viaje Indy, desde pequeña te encantaba viajar, pero esta vez te fuiste antes de tiempo y sola. Te quiero y te querré siempre bonita mía.

(Carta que la cantautora Vanesa Martín escribió cuando falleció su perra)
domingo, 24 de septiembre de 2017 | By: Abril

Mi adorada Manuela:


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Hoy te descubrí frente al espejo, contemplando una imagen que no reconocías, y de nuevo se me partió el corazón al ver tus lágrimas silenciosas. Ha sido mi mano la que ha acudido presurosa para conducirte al rincón más especial de nuestra casa, junto a la vieja librería, y, como cada noche, tus delicadas manos de pergamino han elegido el libro rojo de la repisa. No hay ninguno que se le parezca; su intenso color destaca sobre el ocre apagado que domina el enorme muro de papel. Lo has abierto despacio, dejando que las hojas se deslizaran entre tus dedos, y te has detenido ante una palabra subrayada: "siempre".

Esa señal parece despertar un recuerdo lejano en tu memoria, porque veo cómo se cimbrea tu figura de pies a cabeza. Cada día estoy más seguro de que esas letras, que segundos antes eran un confuso ejército de signos, se elevan de improviso en el papel y forman una estrecha escalera de caracol para hacer que tu espíritu ascienda. Intuyo en el brillo de tus pupilas los sueños olvidados que vuelven castaños tus cabellos grises, y tus mejillas, gastadas de sonrisas, se transforman en una cara radiante y vivaz. Conoces esa historia; yo la escribí para ti. Narra atardeceres de otoño acompañados de nuestros besos, y mañanas abrigadas al calor de las caricias.

Lástima que, desoyendo mis deseos, bajaste los párpados y borraste las nostalgias. Pude presentir cómo las emociones caían con suavidad a tus pies, volviendo a ser frases sin sentido y silenciosas. Yo siempre espero tu vuelta, sin moverme de tu lado, intentando ocultar el destello de dolor que asoma en mis ojos. Me miras con reparo, preguntándote quién es el extraño que coloca el libro en su lugar y te besa la mejilla. "Siempre" te murmuré en voz baja. Pero tú ya no me escuchabas. Sentados en el sofá, he deshecho las horas leyendo para ti, despertando los recuerdos compartidos y describiendo con mi pluma hasta el más leve detalle.

Te cuento, como si fuera la primera vez, el momento en que me prendé de tu sonrisa al robarte aquel beso, en una fría tarde de enero. Y a veces, Manuela, cuando el corazón empieza a añorar el amor perdido, se me quiebra la voz y sujeto a duras penas el desaliento. Pero hoy sucedió algo que merece ser escrito en nuestro libro. Cuando una lágrima furtiva cruzó mi rostro, tú detuviste la caída con una caricia. Me miraste confusa y me preguntaste: '¿Por qué lloras, cariño?' Y ha sido en ese breve instante en que el destino nos regala un poco de presente, cuando nuestras almas se ha reencontrado, mi vida. Quería que supieras que me has hecho el hombre más feliz del mundo.

Con todo mi amor, Antonio.

(María Posadillo Marín, Premio del Concurso de Cartas de Amor de Holiday Rural 2015)
sábado, 23 de septiembre de 2017 | By: Abril

La lluvia, el olvido y los perros

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Montevideo, febrero de 2013

Flaca:

¿Sabes qué? Me di cuenta de que al final tenías razón con lo que me dijiste aquella vez, hace tiempo, en tu auto, la noche en que llovía afuera y un poquito también adentro. Sí, tenías razón. Yo preferí no dártela porque –no es para poner excusas– a esa altura todo lo que te daba se rompía y todo lo que me devolvías ya no andaba. No te la di, pero tenías razón.

Me acuerdo de que lo dijiste como al pasar, casi sin querer, como disculpándote por tamaño hallazgo y tamaña verdad dicha de una manera tan linda. Estábamos tomando una cerveza, callados, probablemente aburridos y claramente en duda, cuando me dijiste eso. “La lluvia no es mala ni perjudicial, mojarnos no es molesto ni dañino y la ropa ni se achica ni se rompe. Pero le tenemos miedo a la lluvia”. Estabas hablando de nosotros, yo me di cuenta, pero preferí pasarlo por alto. Hoy, que ya pasaron más de dos años y varias lluvias, entiendo que debí haberte dado la razón y bajar a mojarme, a caminar o a correr, pero a irme.

Dos años después siempre es fácil pensar. Esa noche no lo hice: ni me fui ni te di la razón ni nada. Apenas te largué un “puede ser”, indiferente y cobarde. Desde esa lluvia hasta el sol tibio y pusilánime de hoy pasó mucho tiempo y tantas otras cobardías. El final, predecible a todas luces, amagó ser final, pero fue apagón inconformista. No sé si te acordás, Flaca, pero la primera vez que hablamos de terminar fue casi que jugando. Nos preguntamos qué pasaría si, y respondiendo nos dimos cuenta de que la ruleta rusa que habíamos empezado a jugar resultaba tener seis balas, y aunque el tambor gira mucho, tampoco gira tanto. Nos dimos cuenta de que no sería tan grave, y eso es gravísimo, Flaca. Después de eso seguimos como si no hubiese pasado nada. El tambor giraba y las seis balas bailaban esperando que pare la música para ver quién quedaba sin silla. Dejamos de ir donde íbamos, dejamos de abrazarnos para dormir, dejamos de soñar con una casa bien lejos, dejamos de reírnos de la gente y dejamos de hablar sobre la lluvia. Pero no dejamos de vernos.

Te soy franco. No sé qué hacer. Seguramente esperabas que esta carta estuviese abrazada a una certeza, a una respuesta clara, a una decisión; a algo. Pero no. La carta dice lo que dice y hasta ahora no me ha dado más valentía que cualquier otra carta que pude haberte escrito bajo cualquier otro sol menos cobarde. Sin embargo, ya sabés, escribir me ayuda a pensar. Y sentarme a escribirte y a pensarte y a extrañarte joven me ayuda a acordarme de por qué te espero cada tarde y de por qué te elijo cada noche.

Es lindo acordarse, Flaca, porque en el recuerdo está la respuesta. Vos sabés bien que le tengo miedo al olvido, a la rutina, al conformismo, a “lo normal”, a la lluvia y a los perros. Esto último no importa, pero lo otro sí, el olvido sobre todo. El olvido es cruel, Flaca, porque entre otras cosas no existe. Yo sé que de vos no me olvido más, y sé que si me voy no va a parar la lluvia. Además, qué es eso de irse porque las cosas no funcionan. Qué es eso de escaparnos. ¿Sabés qué? Yo me quedo. Sí, lo decidí, me quedo. Y no me quedo por vos, me quedo por nosotros. Me quedo por lo que todavía nos falta. Me quedo porque nunca nadie dijo algo tan lindo sobre la lluvia. Me quedo porque dormir abrazados vale la pena aunque haya calor. Porque podemos tener una casita afuera. Porque te quiero a vos. Me quedo porque el olvido no existe, porque hay rutinas divinas, porque el conformismo es para mediocres y porque lo normal es para amores normales. Todavía no solucioné lo de los perros, ya sé, pero podemos comprar uno grande para la casa de afuera, y capaz que le tomo cariño. Y con él a todos. Y con vos al mundo. Y con el mundo a vos, que sos la ley de gravedad de todo lo que me pasa.

Al final sí, decidí, sé qué hacer. Me quedo, Flaca. Ahora estás leyendo esto y yo no estoy pero ya vuelvo. Me quedo. Ya vuelvo. Salí a buscar una película. Si tenés tiempo, cuando llegues, prepárame el más tuyo de los abrazos.

Yo

(Ángel Cal)
jueves, 21 de septiembre de 2017 | By: Abril

Lluvia


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Te quería. De verdad que sí. Te quería y creo que tú a mí también. Ahora que no estás, lo sé. Lástima que haya tenido que pasar tanto tiempo para darme cuenta que sí que me amabas, a tu manera, claro, no a la mía. Pero no podía verlo. Cuando no tienes datos imaginas lo peor. Y dramatizas. Dramatizas mucho. Muchísimo.
Yo creía que no querías estar conmigo. Que tu vida tenía una segunda vida paralela. Que no estabas porque no deseabas estar en mis momentos importantes. Y te odiaba. Te odiaba a ratos e intentaba visualizarte en otras situaciones alternativas a las que me contabas. Y actuaba como una mujer despechada. Inventaba venganzas que creía que te merecías y trataba de huir hacia delante. Nunca me funcionó. Después llegabas tú, salías de tu burbuja y teníamos un simulacro de cita. Me contabas tus cosas, yo te escuchaba y te odiaba, como odiaba la parte de la tarde que cada dos meses me dedicabas y que se escapaba entre mis demonios internos como la arena de un reloj de cristal.
Eras como mi lluvia. Te necesitaba para crecer pero también me provocabas un frio intenso que detestaba cuando te ibas. Todo lo que recuerdo de ti es frío, lluvia, soledad, ganas rotas y un largo silencio.
Al principio me mandabas un mensaje después de cada encuentro para medir la huella que habías dejado en mis pensamientos. Es como uno de esos reportajes del telediario donde ha ocurrido un acontecimiento inesperado que afecta a mucha gente y sale la reportera a medir el pulso de la calle entrevistando a testigos presenciales. Todo el mundo ha visto lo mismo pero tiene una percepción distinta de los hechos. Tú, al principio, hacías eso. Tal vez por autocomplacencia, tal vez por inseguridad, no sé, necesitabas oír que nuestro momento a solas había sido un éxito. Cuando te llegaba la confirmación de mi puño y letra, sonreías tranquilo y te despedías con un desconsiderado "hasta mañana cariño", que yo aceptaba sumisa. Luego continuaba tu otra vida y yo era la chica de ayer. La de los jueves por la tarde de un montón de otoños bisiestos.
Aprendí a quererte así y estoy segura de que lo conseguí. Pero ahora todo eso es lluvia. Los recuerdos han hecho charcos en mi memoria y una amnesia espesa lo anega todo. Tu perfume, tu luz, tu mirada, tu sonrisa, tus manos, tus labios... todo es extraño y lejano. Muy lejano.
Pero a veces, cuando llueve y empieza un nuevo otoño, como hoy, vuelven los charcos y te veo reflejado en ellos, porque sigues ahí, haciéndome daño en el intento de olvido improvisado que trato de perfeccionar.
Es por eso, que en los días de lluvia, acaricio los charcos...

(N.H.R.)
domingo, 17 de septiembre de 2017 | By: Abril

Humedades

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Hola, chico insomne.

Tengo que contarte algo y mejor si lees esto cuando no tengas otras lectura a mano.

Espero que mi libro del erizo elegante siga siendo tu favorito.

No deseo que vuelvas porque te cuente esto; no quiero que vengas a mí porque me tengas lástima o te remuerda la conciencia. Pero me parece importante que sepas que me quedé rota cuando te fuiste.

Me reduje a polvo en cuanto te marchaste. Como incinerada. Si alguien soplara sobre mi cabeza mis cenizas formarían una curiosa nube de polvo en suspensión.

Sí, se me paralizó el corazón, se detuvo mi respiración y empecé a dejar de ser yo a desintegrarme extrañamente. Sólo quería estar en la cama, acurrucada y sin escuchar a nadie.

Pero no te preocupes, porque estar rota no es del todo malo ¿sabes? Es sólo que a veces llueve.

Y las personas normalmente son impermeables, pero a mí la lluvia me hace goteras y entonces, cuando llueve mucho, se inunda todo lo que hago.

Me sale el agua por todos los agujeros que me causó tu partida y me convierto en una fuente humana.

Desde fuera debe de ser algo muy vistoso, pero desde dentro se vive con dolor y con miedo a no volver a ser la de antes.   

Claro que no todo es malo.

Por las mañanas cuando amanece el sol atraviesa mis grietas y ocurre algo mágico: sale luz por todas mis cicatrices. Me convierto en una lámpara humana, como esas árabes que llevan una vela dentro. La proyección de la luz en ese momento es tan bonita que parezco no tener un solo rasguño y me veo perfecta.

Perfecta y entera.

Sin embargo ya está llegando el otoño y su lluvia.

Y con él de nuevo: tus recuerdos y mis humedades.

(N.R.H:)
lunes, 28 de agosto de 2017 | By: Abril

Helados que tapan vacíos

 
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Me parece mentira estar aquí sentada dedicándote de nuevo mi tiempo y mis palabras, a pesar de que todo quedó claro entre nosotros tras la despedida de un martes cualquiera.

Recuerdo aquel día: un 17 de octubre. Era una tarde preciosa de otoño. Acordamos que debíamos estar a la altura de las circunstancias. Fuimos demasiado civilizados cuando consensuamos un pacto verbal de no agresión. Nada de lágrimas, nada de reproches y el intercambio obsceno de frases elogiando al otro, como quien hace un homenaje a alguien que se ha muerto o está a punto de hacerlo…nuestro amor estaba moribundo.

Todo el dolor contenido lo guardé en el lado oscuro de mi corazón y allí permanece sellado en una tinaja de bronce para que no se me desboque y me arrastre a buscarte de nuevo.
Pero…me engaño: no puedo respirar o no quiero hacerlo sabiendo que ya no te veré, que ya no estás… ¡Qué dolor!. Justo, en el momento en que rompimos empecé a quererte como nunca antes lo había hecho. Como en aquella película de Isabel Coixet donde el novio deja a la chica por teléfono, desde el ángulo opuesto del mundo porque se ha enamorado de otra y ella graba aquel vídeo en una escena sublime de dramatismo puro, con esas frases tan arrebatadas que le dedica y a la que yo tantas veces hacía referencia:

“Qué difícil…Pero me parece que aún es más difícil quedármelo para mí sola. Supongo que por eso lo hago.

…Tú siempre me preguntabas en qué momento había empezado a quererte. Empecé a quererte exactamente cuando me llamaste para decir que me dejabas. De hecho fue en ese preciso momento cuando olvidé el amor que sentía antes, me olvidé de la ternura y del sexo, de tu lengua, me di cuenta de que lo que había sentido antes no era más que el simple reflejo de lo que era el amor. Descubrí que no te había querido nunca.

De repente pensé en aquella torturaba que practicaban en Francia. ¿Sabes qué hacían? Ataban las extremidades de una persona a cuatro caballos y los azuzaban en direcciones diferentes. Pues así es cómo me sentí. Así es cómo me siento. Ahora ya sé lo que es amar. Te amo con esa clase de amor que había rezado por sentir cuando era una adolescente y que ahora rezo por no volver a sentir nunca más.”

Visualizo una y mil veces la escena y empiezo a verme reflejada en el personaje de Lili Taylor, llorando y buscando desesperadamente un helado que se ha agotado para llenar el vacío que siente y que refleja el abandono y el dolor más absoluto que provoca éste.

El primer chico con el que me sentí así, y fue también cuando me dejó, vino conmigo días antes de la ruptura a ver esta película al cine. No le gustó. A mí me encantó y con ella empezó mi devoción por el cine de Coixet. Días más tarde, el papel de Ann lo estaba haciendo yo en la vida real. Esa fue la primera vez que sentí eso que llamamos amor verdadero.Con los años vinieron otros tantos y por último tú.
...Ha pasado el tiempo, esa película tiene ya veinte años, pero yo sigo siendo Ann y tú ahora eres Don, y siento un hueco enorme en el centro del estómago y - ¡maldita sea!- la dependienta me acaba de decir que se le ha agotado el helado de chocolate.
(N.R.H.)
 
sábado, 15 de julio de 2017 | By: Abril

Enamorarse y otras torpezas

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¿Cuántas veces caeré en el mismo charco? Es que no escarmiento, ¡joder!. No quiero querer, no quiero enamorarme, no quiero dejar de ser yo para convertirme en la sombra de otro; ni estar pendiente de sus horarios, ¡que parezco una agenda humana!…investigando lo que hace, a qué hora sale de casa por las mañanas, a qué hora se toma el descanso para desayunar, a qué hora toma el snack… a qué hora queda con los amigos de los viernes. ¡El maldito grupo de los viernes! No pudiste ni un solo viernes cancelar el almuerzo con ellos para quedar conmigo… ni los viernes, ni cualquier estúpido domingo. No, nunca tuvimos ni un domingo en ocho años. Lo que hubiera dado por verte sólo un odioso domingo y pasear contigo por el centro, una tarde cualquiera de domingo (o de viernes), un maldito y estúpido viernes o un domingo de cualquiera de esos ocho años que pasamos simulando que el amor y la vida eran eso: dejar pasar el tiempo y esconderse y fingir. Fingir a mediodía de un martes o de un miércoles - pero nunca de un maldito viernes ni un estúpido domingo- que nos amábamos de la mejor forma que teníamos, huyendo de lo convencional.

Te quería los viernes, y los domingos también, pero nunca compartiste uno conmigo. Antes que yo, que era la última de la fila de tus prioridades, estaban todos los demás incluidos: tus hijos, tus jefes, tus reuniones, tus amigos y el puñetero grupito de los viernes con el que, por lo que me decías, tenías poco en común. Sé que te atraía la extraña idea de pertenecer a un grupo de pseudointelectualoides  manidos  que, intentando formar algo parecido a la tertulia del Café Gijón, eran una mezcla entre el reparto de “Les Luthiers” y “The big-bang theory”. Pues que te aproveche. No te pediré ni un jodido viernes más.

Que sepas que serás el último hombre al que ame, el último al que he entregado mi corazón y que lo ha pisoteado en mis narices. Porque seguro que sigues haciendo tu vida como si yo no hubiera existido, como si todo hubiese sido un invento mío … ¡te odio!.  A ti y a los gilipuertas de tu patético grupo de los viernes.

Adiós para siempre: tertuliano de pacotilla. Y deja de meter tripa cuando respiras. Y no vuelvas a negarme que te pintas el pelo. Cheposo cuellicorto. No sé qué pude ver en ti.  Ah… Y que sepas que soy feliz porque por fin podré salir a la calle de nuevo con tacones.

(Thalia)     
miércoles, 5 de julio de 2017 | By: Abril

Trozos

"Habrá un amor tan fuerte en tu vida que te destruirá por completo. Después sólo amarás por trozos" (Benjamin Griss)

Hace tiempo que no te pienso. Tengo tu recuerdo atado a una cadena enorme en el fondo de mi memoria. Sin embargo, a veces, flaqueo y me quedo insulsamente pensando en ti y en lo que fuimos una vez: dos personas que se amaron mucho y que tuvieron que romper por circunstancias de la vida.
A veces, como hoy, me permito un desliz. Me dejo llevar por el lado oscuro de mi corazón y te hago presente. Saco tu cadáver del armario de mi pasado y te cuento imaginariamente cómo me siento. Estoy mejor. Ya mucho más recuperada de nuestro tormentoso final. Guardaba para ti tantos momentos…tantas palabras de perdón, de ira, de desesperación, de preguntas…me dejaste con tantas dudas… con tantas exclamaciones… con tantos interrogantes… y ya ves: ahora no consigo recordar nada de lo que quería preguntarte ni gritarte. Me dan igual los cómo y los por qués. No tengo nada que echarte en cara. Simplemente uno de los dos amó más al otro. Sigo pensando que fui yo, aunque te enfades cuando lo digo. El amor no tiene dimensiones: ni volumen, ni peso. ni lados, ni entiende de raíces cuadradas… no se puede medir o… sí, pero eso ya no importa. Quiero creer que tus palabras eran sinceras y que me amaste de la mejor forma que sabías y con todo lo que podías amarme. Por eso no guardo rencores, ni reproches, ni dolor… bueno sí, dolor sí, un poco. Menos que antes, pero para ser sincera aún me dueles.  
Imaginaba –tonta de mí- un final feliz contigo. Una vida real llena de instantes bonitos y sin embargo todo se quedó en un instante lleno de vidas virtuales que acabó convirtiéndose en humo.
Hace poco más de un mes, en un arrebato de debilidad, me permití la licencia de hacerte una señal con cualquier excusa. Mis motivos eran pueriles, pero creí entonces que merecía la pena quemar un último cartucho. Tú me contestaste, en un tono gélido, como quien habla del tiempo de forma incómoda en el ascensor con un vecino con quien no tiene relación alguna. -Soy yo-pensé para mí- ¿tanto he cambiado que me tratas como al repartidor de pizzas? Supongo que ya has pasado página y que ya no estoy entre tus pensamientos recurrentes como antes. Tendré que hacerme a la idea de que no estás y de que ya nunca más vas a estar. No debería y sin embargo, a veces, como esta noche me da por pensarte y entonces rompes todos mis esquemas, echas por tierra mi actitud de persona madura y civilizada que puede  seguir con su vida tras una ruptura sentimental y entras en  mis rutinas colándote como el viento.
...Y entonces ocurre que me sobreviene la lluvia a los ojos y te pienso, y pienso que aún una parte de mí te quiere y quiere que vuelvas…porque te echa de menos.

N.R.H.
sábado, 6 de mayo de 2017 | By: Abril

Amén


 
Acabo de caer en la tentación de recordarte… y mira ¿eh?,  que ya te tenía olvidado, pero vuelves siempre y no sé cómo lo haces. Ya no estabas y de repente apareciste de nuevo, con tus gestos de niño malcriado, con tu mirada inocente, con tu dolor crónico y tu cinismo ambiguo... Siempre te querré, tal como fuimos. Yo me hice a tu lado, a tu imagen y semejanza, por eso ahora  -sin ti- ya no me reconozco.
Ya no estás y hace mucho tiempo que lo dejamos. O eso me parece a mí, que hace mucho, mucho tiempo. Pero es que estás ahí. Sigues ahí, haciéndome daño en la memoria. Y no puedo -y no sé si de verdad quiero- borrarte de mi recuerdo.  
Espero que algún día ames a alguien como yo te amo ahora, para que te pongas en mi piel y veas que mendigar el amor no es de mediocres, como me decías, sino de amantes sinceros, de esos que como yo, aman con el alma y se dejan los huesos en el intento.
No puedo dejar de pensarte. Mírame, escribiéndote ahora, que ya se suponía que eras mi pasado. Mírame, ni siquiera soy digna de tu lástima, aunque me gusta pensar, con el poco amor propio que me queda, que tú tampoco me has olvidado. Por eso confío en que tarde o temprano volverás a buscarme.
Te debo lo mejor y lo peor de mi vida. Contigo fui yo misma, yo sincera y entregada. Sin ti ya no sé ni en quién me he convertido; tan sólo escribo poco, tarde y mal lo que no me atrevo a decirte a la cara: que te echo de menos, que no te he olvidado, que te quiero todavía, que me dueles, que te amo… ¿por qué no reconocerlo?
¿Qué más da? Estás lejos. No me oyes. No me sientes. No te acuerdas… No te creo.
Por eso y más: no me dejes caer en la tentación de volver a nombrarte y líbrame de tu recuerdo.

(N.R.H.)
miércoles, 22 de febrero de 2017 | By: Abril

Rafa

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Rafa:

Después de tanta meditadera, que sirva esta carta desgraciada para ponerle punto final a este amor sin esperanzas, porque hoy ya sé que no las habrá jamás. Maldito cibermundo que me volvió trizas la existencia. Porque gracias a la computadora de Albertico, mi hijo de quince, fue que me desgracié la vida. En mala hora anda una haciéndole caso a los muchachos, dizque para parecer moderna. Moderna es la lloradera que cargo ahora. Y todo por culpa del dichoso feisbuc. Me iba todos los días más temprano al trabajo para tener tiempito extra en mi oficina antes de que empezara el ajetreo. Entonces prendía la diabólica máquina y me entregaba sin freno: estaba obsesionada con aquella cosa. Y no porque pudiera mandarle tres birras a Tulio, mi marido, y conseguir que al fin me escribiera algo amable. Nada de eso. La fiebre empezó cuando te encontré, Rafa. Mi amor perdido. Mi pasión juvenil! Mi deseo aún latente. El renacer de mi interés por ese juguetito informático fue como un cataclismo, cuando la enviadera de ositos a mi hija de doce, los croissants a la suegra y los hugs a la tía Dorita ya me tenían podrida. Un mensajito de mi comadre Luisa me había vuelto a la vida.. “Tengo a Rafa Vergara en mi feisbuc” me había escrito. Boom. Sólo ella, el sucio de esta uña desde  tiempos inmemoriales, sabía que esa frase me iba a sacar de órbita. Entonces fui a su perfil a entrepitearle los amigos y allí estabas tú. Mi amor de siempre.

Busqué una lupa y me regodeé en aquella fotito minúscula que me revolvió los adentros. No me importaron ni tus canas ni tus kilos. No me importó tampoco el por qué me habías dejado. Me importó – y mucho- el recuerdo de tantos recuerdos inolvidables. Tu viejo Chevy, mis rizos rebeldes, la Panamericana. Todo estaba ahí plasmado en aquella imagen. Desde entonces, se apoderó de mí una energía sin precedentes. De purito agradecimiento le mandé a la comadrita unas cholas Manolo Blatnik y dos arepas dominó. Luego cambié la foto horrible de mi perfil por aquella de mi luna de miel en Margarita., donde aún lucía delgada y bonita. Claro que tuve que cortar a Tulio y al vendedor de ostras, ni más faltaba. Oculté mi status de casada, bloqueé las fotos de mis hijos y eliminé de mi muro aquellos ridículos mensajitos de mi marido, siempre de lambucio preguntando que había para la cena. Quería sentirme libre para ti. Ya luego me ocuparía de las excusas para tanto cambio. Seguidamente procedía  crear un grupo “Excompañeros ucevistas” para meterte ahí junto con los panas del pasado y no exponerme al “quién es ese” de los muchachos. Sólo quedaba una última cosa y gracias al guai-fai me metí en el garaje a agregarte como amigo. Temblaba como una hojita. “Espero que te acuerdes de mi”, te escribí. Carajo, como si fuera posible olvidar tanto fuego en aquella relación de otrora. Los días pasaban y no me aceptabas y cuando ya estaba a punto de volverme esclava del Prozac apareciste en mi muro. Un simple “cómo te va” que puso mi mundo patas arriba. Desde entonces mi locura no me dio tregua: usando la mensajería privada te inundé de chocolates savoy, playas de Morrocoy y una que otra cachapa. Tú me lo agradeciste todo con palabras hermosas y un par de Martinis. Aún se me aguan los ojos cuando pienso en aquel arbolito navideño tan hermoso donde me tagueaste junto a mil personas más. ¿Qué importaba? Sabía que me lo dedicabas enteramente a mí. Entonces tagueé de vuelta: aquella foto viejísima en el Estadio Olímpico junto al equipo de fútbol donde apenas te distinguías entre tanta tomusa y tanto bigote. Y yo detrás abrazándote muy fuerte, pero tan borrosa que nadie me nota. No la recordabas, ¿verdad? Pues la he guardado con mucho celo todos estos años. “¿Y para qué?, me digo. Craso error fue publicar la dichosa foto. Porque te asustó mi amor, Rafa Vergara. Y arrugaste. Vil y cobardemente no volviste a escribirme, después de todo lo que hice por ti. De nada sirvieron los mil boleros que te envié, los tequeños, los cafés, los muñequitos de “Amor es…” Tu silencio me hirió de muerte. Hasta que la cuaima de tu mujer me escribió en aquél muro público el más despreciable de los epítetos “robamaridos”. Y todos lo vieron. Mis amigos, mi marido, mis muchachos. Sin embargo el escarnio público no fue tan devastador como darme cuenta que un hombre que le entrega la contraseña a su mujer es un patético pendejo. Y a este Rafa no lo quiero ni en pintura. No, señor. Me quedo con el otro tú el del viejo Chevy y las canciones de Yordano, aún sabiendo que más nunca volverás. Así que aquí me despido, te borro de un click de mis contactos, no sin antes advertirte que mi marido creó un evento para divorciarnos y seguro te envía una invitación sólo para fregarme la vida. No vayas a aceptar, por favor, y mucho menos hacerte fan. Guárdate un poco de decencia  y no me amargues el bello recuerdo que he tenido de ti todos estos años.

Hasta nunca

YO

(Rosa Acevedo)

Deberías haberte muerto


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Deberías haberte muerto. La gente no debería tener otra forma de irse que morirse, porque cuando alguien se muere se lleva toda la esperanza, todos los sueños y los recuerdos se purifican, como si el acto mismo de abandonar este mundo fuese parte de una santificación.
En cambio, te has ido de la forma más cruel que existe: dejando de ser la persona que conocía. Irse así lo deja a uno desarmado porque no existen causales de divorcio que especifiquen que uno puede dejar de amar a alguien porque le cambió la mirada y ahora le importa más el sexo aventurero que los domingos por la mañana.
Es un descaro. Si lo piensas bien, morirte habría sido tan elegante, para ti y para mí. Yo podría guardarte luto por tiempo indefinido y nadie andaría apurándome para que siga adelante. Mis amigos comprenderían que no pueda dejar de pensarte y no te tendrían rabia. ¿Comprendes que distinto sería a verte con la sonrisita ridícula de conquistador de barrio y esas ropas que no te sientan bien? Sería muy diferente, querido.
Otra gran ventaja es que los muertos no hablan y las palabras que nunca dijeron se recuerdan en tono solemne, investidas de un tono de sabiduría y unicidad.Como si nunca jamás un mejor ser humano hubiese pisado la tierra. El duelo es generoso. Los que se quedan vivos dejando de ser quiénes eran, se convierten en una caricatura triste a la sombra de sí mismos. Es como si el castigo por marcharse fuese perder el don de lenguas y sólo pudiesen decir pendejadas sin sentido.
Además andar por ahí vivo es invasivo, porque le roban a uno sus lugares favoritos. Uno pierde el placer de irse a desayunar en el restaurante de siempre o de andar en el parque. Pasamos a ser eternos perseguidos que no sabemos caminar sin mirar sobre el hombro, ni sin ver en todo mundo al que se fue.
Realmente tu forma de irte es bastante inconveniente, para los dos. Si en este punto ya has comprendido lo perentorio que era morirte, no vayas a morirte ahora porque seguro lo harías de una forma ridícula, para morirse hay que tener sentido de la oportunidad y bien que te falta.
Si algo te queda de vergüenza, por lo menos dedícate a ser miserable y vete desapareciendo. No hagas como el recuerdo tuyo que no sabe sino mejorar cada día.
Muérete por lo menos en sentido figurado para que yo encuentre alguna forma de seguir viviendo.

(Mariana Gámez)
lunes, 13 de febrero de 2017 | By: Abril

A solas...


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Hace tiempo que te fuiste, ya perdí la cuenta de los meses. Hoy he decidido hacer repaso, ya sabes de vez en cuando me gusta observar lo que ocurre en mi mundo desde la perspectiva que te da el tiempo, y me apetecía hacerlo escribiéndote esta carta.
¿Cuánto hace? Ocho o nueve meses. Recuerdo el día que te fuiste y cómo te fuiste. Cuando recogías lo imprescindible para abandonar aquel nido de discusiones. Te observaba sentado sobre la cama, con la angustia apretándome la nuez, la esperanza, un tanto ingenua, que me decía que aquello no era definitivo y el pánico, mucho pánico, pánico en los rincones donde nos besábamos, en todos los lugares donde habitaba tu recuerdo y no sólo el tuyo si no el mío, de mi yo contigo que iba a desaparecer cuando cerrases la puerta. Puede que los dos aborreciésemos nuestras vidas, lo que éramos juntos, pero en el momento de esa muerte tuve miedo, terror a estar solo, ataque de pánico.

¿Por qué tenemos tanto miedo a estar solos?. Pero no tú ni yo, en general. No sé si te habrás fijado, pero he visto demasiada gente a mi alrededor que prefiere resignarse a ser infeliz, que arriesgarse a estar solo. ¿Será que es lo más cercano a estar muerto, es lo más cercano al olvido, a que creas que no existes por no tener proyección en nadie?

La cabeza es curiosa. ¡Sabes si me he duchado veces estando sólo en casa, cuando aún vivías conmigo!. Disfrutaba del momento, que era mi momento, con mi música, con el bao, era el proceso en el que me esforzaba en parecerte más atractivo, ya sabes que siempre he sido un presumido. Desde que no estás, me obsesiona caerme mientras me ducho, quedarme inmovilizado por el golpe en el fondo de la bañera, que nadie escuche los gritos de auxilio y morir de inanición. Cuando me atropellan estos pensamientos ilógicos, es cuando más conciencia de la soledad tengo, cuando escucho lo ecos del pasillo.

Insisto, el ser humano tiene mucho miedo a vivir solo, no está preparado. Cuando dejas a tus padres, es porque te has ido a vivir con tu pareja. Si te separas de la pareja, normalmente lo haces por el amante y si eres el abandonado, con ansiedad buscas un sustituto.

La sociedad tampoco está preparada. La gente “normal” no entiende que uno sea uno y no dos o tres. Tu vecina te mira torcido porque siempre vas solo, la taquillera del cine con lástima cuando le pides una entrada, o si sales a cenar, las mesas de alrededor siempre están ocupadas con familias numerosas, llenas de niños que corretean alrededor, mientras uno clava los ojos en ese bicho tan raro que eres tú.

Las hipotecas tampoco están preparadas para subyugar individualmente….ni tampoco en pareja, pero no quería hablarte de este tema.

Y al hacerte mayor, mayor es el miedo, mayores las dependencias y las querencias hacia la rutina de la compañía, que es el rescoldo de lo que fue la pasión. Nuestra pasión no se apagó, pero nos hacíamos muy mala compañía. Estando contigo ya me sentí solo, me imagino que a ti te pasaba lo mismo. Tan sólo nos buscábamos para besarnos con furia o enfurecernos con rabia. Subimos tantas veces a la cumbre, para luego bajar rodando que nos olvidamos de caminar erguidos.

Hoy te confieso, que fuiste valiente y te marchaste, yo fui cobarde y te abandoné sin irme, sin quedarme, esperando a que te fueras. Te obligué y me dejaste con tres palmos de narices.
Por primera vez en mi vida, he decidido estar a solas. Será que le estoy cogiendo gusto a lo del onanismo.

Por cierto, el gato, que es tuyo y es mío, de un tiempo a esta parte pone cara de querer abandonarme, se lo noto en sus maullidos. Ayer afronté la situación y le dije que si quiere irse tiene las puertas abiertas………Como se vaya adopto un perro……

Tú...

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Si tú, el que hizo mi vida tan gratamente feliz, el que me robaste todos mis sueños, y todas mis ilusiones. Tú quien se llevo toda mi vida en ti, y todas las lagrimas que han salido, y todos las horas que por montones he pensado en ti...
Sí tú, aquel que me arrancó la inocencia, quien me enseño que el amor es solo una ilusión óptica, y que solo se siente no con el tacto, sino con el corazón… Tú, aquel que me llena de dolores de cabeza las mañanas, por haber pensado tanto la noche anterior... tú quien me promete regresar con el alma en las manos; tú, quien me dice que seremos felices, que me hace imaginar un futuro cada noche que me recuesto; tú, quien me llama y me busca diciéndome que eres un estúpido por haberme perdido, y sin embargo no hace nada por recuperarnos! 
Tú, quien en mi vida, ha sido lo mas puro y absoluto, tan limpio, y tan sucio al mismo tiempo…tú, tan romántico y tan frío; ¡¡tú tan lindo y tan brusco!! 
Carajo, tú, eres a quien amo, aquella persona donde quisiera amanecer cada día a tu lado. Tú, quien quiero que seas padre de mis hijos, y abuelo de mis nietos. Tú, quien quiero ver a cada mañana a mi lado izquierdo al despertar. Tú, quien quiero que me abrase cada vez que me ve. Tú, quien quiero que me estrujes la piel con sólo mirarte. Tú, quien me pone inmensamente nerviosa. Tú, a quien quiero cocinar. Tú, de quien quiero aprender. Tú, donde quiero el resto de mi vida juntos... 
Tú, quien me hace daño. Tú, quien me envuelve en sus palabras más tontas. Tú, ¡quien me mientes! Tú, quien es la sonrisa que me imagino todos los días. Tú, la provocación de mis ataques. Tú, quien hace que beba un poco de alcohol, sólo para llorar despechadamente. Tú, quien anda en otros labios, donde sé que no volverás, y donde también sabes que estoy tan irremediablemente dispuesta para ti… 
Tú, quien hace mis días tan largos y tan cortos al mismo tiempo. Tú, la inspiración de mis palabras. Tú, quien siento celos. Tú y tu hombría que me enamora. Tú y tu cuerpo tan imperfectamente perfectos. Tú y tus palabras tan lindas y tiernas, y tan frías y sin amor. Tú, quien no le tiene miedo a nada, más que a ti mismo.. 
Tú, a quien quiero cuidar: proteger, amar, provocar, tener, admirar, tocar, y besar... 
Tú, la inspiración más profunda, ¡la persona más repugnante en mi vida! Tú, a quien he esperado más de mil lunas, tú tan…..tú!! 
 
Tú eres a quien amo 

A quien espero….